martes, 30 de abril de 2013

Espectador









Espectador







      A la mañana siguiente de la fiesta en  la casa de  Glem; supe inmediatamente que ya ningún acontecimiento podría ser relevante. La floración del jardín me pareció absurda y trivial. No tuve tiempo, o no me importó saludar a la señora Mabel, que desde la diminuta medianera que separa nuestras casas me deseaba buen día. El portón chirrió como siempre, y yo estaba ahí para escucharlo. La calle era como un colchón duro donde seguir semidormido por el adoquinado, hasta llegar al trabajo de manera imperturbable como cualquier otro día de semana.

        En la fiesta de la velada anterior, preso de un nuevo biorritmo, y del vodka; del rocío y las demás lubricaciones de la noche, yo me escurría entre las conversaciones banales del jardín. Noté que a algunos invitados ya les comenzaba a causar repugnancia mi manera de beber. Era en verdad extraño que me hayan invitado; seguramente fue cosa de Glem, ya que a Austin le causo una suerte de alergia que lo obliga a rascarse los codos cada vez que me ve. Él es adjunto en la escribanía de su padre; conoció a Glem durante unas vacaciones en el Cuzco y desde entonces entablaron una relación. Aprovecharon aquella celebración para anunciar su compromiso. Lo hizo Austin; tenía una camisa arremangada de color gris sudada en las axilas, una corbata azul que llevaba  floja y le pendía malamente del cuello; en una de sus manos pendulaba una copa de champaña. Sus padres y su hermana Francesca, aplaudieron la noticia con alguna emoción. ¿Qué cómo recuerdo todo eso? Es que no había comenzado a emborracharme todavía.



          Ahora que lo pienso las cosas no pudieron haber terminado de otro modo. Desde la muerte de don Silvio, Glem comenzó un cambio notorio en su comportamiento, en sus voluntades, acciones e inacciones. Por ejemplo, durante toda la fiesta pareció triste; admito que lo del padre es reciente, pero además había un dejo de secreta melancolía en su rostro. En cuanto al precipitado final de su padre, yo mismo pude prever las concatenaciones, el fatal  desenlace; hasta pude haber hecho algo. El viejo estuvo triste. No era como la tristeza de Glem en su fiesta, era otro tipo de pena, un cansancio, una depresión irremediable y fulminante. Porque echaba mucho de menos a su mujer, porque lo habían pasado a retiro hacía poco de su profesión de inspector municipal;  porque  Glem ya no lo visitaba desde que comenzó su noviazgo con Austin. Todo eso me contó un día que fui a su casa, mientras bebíamos café.  Esa misma semana el padre de Glem se tiró al Río de la Plata. No se ahogó, se rompió la cabeza contra el espigón. Murió en el acto.  Debí contarle a su hija que don Silvio andaba de mal aspecto.

         Recuerdo cuando don Silvio le regaló un conejito blanco a su hija al cumplir los  ocho años, y recuerdo sobre todo que aquella misma tarde lo arrolló con la cortadora de césped mientras desmalezaba el patio antes de que lleguen los invitados. Por aquel entonces yo sentía fascinación por las extensiones eléctricas, los alargues precarios reparados apenas con cinta aisladora que hacían el trayecto del tomacorriente de la cocina al patio de la casa.

     A los cumpleaños me gustaba llegar antes que nadie y aquella tarde no fue la excepción. Glem nunca me hablaba, siempre quien se preocupaba en invitarme a la casa era la madre;  que tenía buenas migas con mis tutores.  Esa tarde mientras Glem esperaba sentada en la sala la llegada de los demás invitados,  yo recorría con la mirada el cable de la podadora que iba liquidando con el pasto en los rincones traseros de la casa; tuve la impresión de ver al conejo saltando entre los pastizales y estuve a punto de darle aviso a don Silvio pero no lo hice. Glem apareció tras de mí con un vaso de jugo de naranja; me lo ofreció y me preguntó si había visto un conejo salir de la casa. Es blanco, dijo. Era la primera vez que me hablaba. No contesté, ni agradecí el refresco. Entonces el papá de Glem pegó un grito, se escuchó las cuchillas trabarse y  un chorro de sangre  salpicó la pared con una estela oscura.  A pesar de lo grotesco de la situación, ese día me gustó pensar que entre ella y yo habíamos entablado un vínculo.



        En la fiesta de anoche, la hermana de Austin llevaba puesto un vestido negro muy entallado y de falda corta. Sus piernas eran largas y firmes; se movía por las salas estacionándose de vez en vez bajo las luces tenues. Parecía una erótica entidad de las sombras. Aún con los pómulos exacerbados, con la mirada autómata; esa joven trashumaba un aire de misterio y sensualidad, que con el correr de los vodkas en mí, se fue perdiendo en un vago sentimiento ambiguo de soledad y miseria. Francesca, veintitantos años; a Austin le gustaba besarla en la mejilla cuando la encontraba en algún paraje solitario. Sentí como en muchas otras ocasiones, que comenzaba a desdibujarme de la fiesta a medida que mi borrachera cobraba mayor fuerza. Glem conversaba con algunos invitados en el living y yo salí una vez más al patio a tomar aire. El pasto estaba descuidado y largo como cuando pasó lo del conejo, miré hacia el caminito que llevaba a la cocina y me imaginé a mí mismo muchos años antes siguiendo con la mirada un alargue de cables hasta la cortadora de pasto. Ni Austin, ni Francesca advirtieron mi presencia. Salieron al patio; él tomado de la cintura de ella; ella reía por alguna cosa que su hermano le decía al oído. Se besaron contra una de las paredes laterales donde muchos años antes una estela negra de sangre dibujó un arco. Ella abría la boca como un pez sin agua; el parecía estar desgarrándole la espalda con los dedos. Aquello no duró mucho más de un minuto. Lo próximo que recuerdo es a Glem trayéndome algunos canapés, diciéndome que no le gustaba verme beber de esa manera. No le contesté, ni le agradecí la comida. Se quedó un rato a mi lado en silencio mientras yo miraba el bocadillo que tenía en mi mano y del cual no tenía ninguna intención de llevarme a la boca. No te cases, le dije. Yo te amo Glem, desde siempre. Estás loco, dijo. Loco o borracho. Le ofrecí un cigarrillo pero no lo aceptó, estoy embarazada dijo. Así fue que comprendí de manera súbita que yo estaba ahí para eso; para ver la vida de Glem transcurrir, sin poder intervenir en lo más mínimo; que siempre fue de ese modo y que era inútil revelarse. Le corrí un mechón de pelo que le caía desde la frente y me despedí de ella, sabiendo que no volvería a esa casa ni seguiría viéndola; que alcanzaría y quizá fuera mejor para ambos, con imaginarlo todo.

miércoles, 10 de abril de 2013

7 Balas









7 balas









     Sabe lo exacto, no le gusta perder el tiempo. No se mezcla con “Roedores ni canarios”, así los llama; unos juegan al chiquitaje, minoristas, rateros. Otros terminan entre rejas fácilmente y cantan, son batidores, buchones les dicen ahora. Piensa el Matón Brensen que está para asuntos más complejos aunque no menos miserables, como matar a un tipo.

         La Cruz del Sur fue un regalo del viejo. Nunca lo conoció, todo lo que supo de su  padre fue su arma y su apellido. Antes de morir le dejó el legado; seguramente se gastó toda la guita  en mujeres y licor, así que al menos le dejaba a su hijo la pistola; mientras el pequeño Brensen iba creciendo, algunos de los muchachos se la guardaría. Por un tiempo la pistola estuvo en Barracas; la cuidaba un negro filetero que también tocaba la trompeta en los clubes del barrio. Después la mandaron por un tiempo a la Patagonia a limpiarse un poco.

   La Cruz del Sur es inconfundible. Una Colt 45 de acero inoxidable que siempre da la impresión de estar recién pulida. Las cachas blancas dibujadas de ambos lados con una estrella negra en forma de cruz. Como es de calibre grueso tiene tan sòlo siete disparos, por lo mismo también es ruidosa y pesada. Brensen es muy clásico; la lleva en una cartuchera de cuero bajo la axila izquierda. Usa sacos oscuros cuando labura, y colores claros cuando está de franco; ocasiones en que deja su arma en el bulín y se limita a un calibre corto que oculta convenientemente en alguna de sus pantorrillas.


        Esa tarde manejó como un condenado por más de treinta kilómetros perseguido por la banda de don Julio. Siempre andan en Peugeots grandes con vidrios negros, lo sabe porque trabajó para él en un par de ocasiones. Brensen los vio acercarse a la altura del peaje del Camino del Buen aire y no dudó en acelerar para perderlos. Salió de la autopista y se metió por una calzada de tierra a riesgo de desbarrancar hacia los zanjones laterales. “Dos autos” pensó; calculó ocho tipos. La mitad con armas largas. El Matón contaba con su pistola de siete balas sin más cargadores que el que tenía puesto; y aunque la Cruz del Sur podría atravesar tranquilamente a dos hombres con el mismo disparo, las probabilidades de conseguirlo desde el auto y sin ser acribillado eran muy remotas. No era temor (hacía mucho tiempo el Matón había dejado de lado ciertas emociones, el miedo una de ellas), era un principio básico de supervivencia. Estaba decidido a dejarlos atrás al llegar al empedrado, cuando comenzaron a dispararle al vidrio trasero. Pudo sacarles un poco más de distancia, pero en una mala maniobra el auto del Matón quedó atascado en una curva. Estaba oscureciendo. A su alrededor se veían algunos bañados; se escuchaban los últimos pájaros de la tarde. Brensen apostado en un pajonal veía como llegaban los coches y se bajaban hombres armados a inspeccionar su automóvil. Los tenía a tiro. La visibilidad todavía era buena. La Cruz del Sur brilló con las últimas luces del ocaso; lo demás fueron siete estallidos ensordecedores que terminaron con la vida de ocho sujetos. La crónica policial esa misma noche hablará de un ajuste de cuentas fallido que termina en masacre. Pondrán un titular irónico como “Desajuste de cuentas” hablarán de una frialdad y celeridad propia de un profesional. Sobrevendrán las pericias, las especulaciones, los nexos; mientras perdure el interés público. Las estadísticas criminales pasarán a engrosar los archivos oficiales, hasta que nuevos asesinatos más o menos espectaculares vuelvan a ser noticia.   


     Brensen ahora está en su departamento, frente al espejo de la sala en camiseta. Todavía lleva la cartuchera puesta; se huele los sobacos y se echa desodorante. Se palmea la panza y se mira las entradas, las canas incipientes, finalmente las ojeras. Piensa que se está poniendo viejo; pero no está mal tampoco llegar a los cuarenta y en una sola pieza. Se hace un gesto de aprobación y busca los puchos del saco tirado sobre la mesa. Prende la televisión -Uno de esos televisores antiguos en los que se gira la misma perilla para encenderlo e ir cambiando los canales- la señal es defectuosa. Al cabo de golpear un poco a los lados con sus manos para que se acomode la imagen,  el Matón  se sienta en el sillón verde a fumar y mirar en las noticias como la calle se pone cada vez más violenta, hasta quedarse dormido. 



jueves, 29 de noviembre de 2012

La chica de la pierna rota





La chica de la pierna rota
      


      Pensándolo mejor, no fue una gran idea seguir a la chica de la pierna rota. Hay actos que están exentos de los mecanismos y enseres propios de la lucidez; pero simplemente no pueden suspenderse. Irrevocables manifestaciones del arte, de la vida, de lo desconocido. Ahí estaba yo mirando el piso sucio de la estación de trenes, como tantas veces en los últimos dos años. Las manos dentro del saco con esa actitud de acurrucamiento que suelo tener en los momentos donde la soledad es más pronunciada; y al levantar la vista ahí estaba ella, la chica de la pierna rota. Llevaba una gran bota ortopédica y caminaba con dificultad; aún así sus movimientos no eran del todo torpes y hasta diría que denotaban  cierta gracia. Llevaba una campera de cuero negra, jeans y una carterita roja con arabescos amarillos.  Tendría unos veinte años, boca fina y cierta escrutación natural en la mirada bajo sus lentes delgados. A simple vista parecía una chica no demasiado normal, como la mayoría de las chicas de su generación. Tomé uno de los asientos del fondo y la observé.  Miraba por la ventanilla como el exterior iba adquiriendo velocidad, siempre fuera de su mundo quieto en el que permanecía suspendida. No era precisamente una imagen que se correspondiera con aquel vagón en que estábamos, ni con la gente viajando en él. Parecía  más bien una imagen superpuesta. Un montaje.
    Me es sumamente difícil retener las caras de la gente. Padezco de alguna suerte de amnesia selectiva cuando se trata de recordar a las personas por sus fisonomías. Así que me era muy sencillo recordar a la chica de la pierna rota precisamente por esa vistosa condición. Como al sujeto del cuello ortopédico que conocí en el subte, o al pibe de los mandados que siempre lleva una gran bolsa a rayas verticales azules y blancas.
     Debería decir que subí al tren en que subió ella, ya que no había ninguna otra razón para que lo abordara. Un vendedor ambulante le puso unas cajitas de maní con chocolate en la falda. No era solamente que la estuviese siguiendo; además éramos copartícipes de un mismo vector direccional. Al menos yo quería pensar eso. Devolvió las cajitas de maníes al vendedor y volvió a mirar hacia afuera por la ventanilla. Yo la observaba desde un par de filas frente a ella, que viajaba sentada mirando hacia la parte trasera de la formación.
       Admito que es una absoluta descortesía seguir así a una mujer. Mientras una parte de mí se apenaba hasta un espontáneo encogimiento de hombros que no puedo disimular; otra voluntad súbita me precipitaba a cumplir con aquella tarea indigna.
       La muchacha de pronto sacó uno de esos libros llamados “De bolsillo” de la cartera. El señalador estaba por la mitad. Lo abrió y comenzó a leer. No sin alguna dificultad advertí que era un libro de Raymond Chandler. Eso era bueno. Soy un gran admirador de la obra de Chandler y ante una eventual conversación podría demostrarle mis conocimientos; y en una de esas conseguir su simpatía. Esto último lo pensé con un alivio tamizado de nervios
    Durante las primeras estaciones me dediqué a estudiar su rostro. La fisonomía de su cara que sin embargo muy pronto olvidaría, salvo por unos rasgos mínimos. Gradualmente el vagón se iba vaciando de gente. Pronto éramos apenas un puñado de personas viajando en aquel coche de tren. En algún momento la chica cerró el libro y volvió a meterlo en la carterita. Lo noté solamente cuando dejé de ver su cara. Extendió la gran bota plástica aprovechando que nadie estaba sentado frente a ella.
    Antes de aproximarnos a la última estación me di cuenta que estábamos sólo nosotros dos. Y que llevaba un tiempo mirándome también. Cuando el tren se detuvo con algo de esfuerzo se puso de pie y caminó hacia la puerta. También la estación estaba desierta.  Me incorporé de mi asiento y me acerqué, las puertas se abrieron. La chica retrocedió unos pasos a medida que yo me aproximaba hacia ella. Su rostro sea cual fuese adquirió de pronto una expresión de espanto mientras me miraba. Dijo que sabía lo que yo quería, que no iba a dejar que le pasara otra vez. De la carterita roja de arabescos amarillos sacó un revolver. Uno negro, de corto calibre; cosa que no disminuyó el terror infundido en mí. Al sacar el arma dejó caer al suelo el librito de Chandler, supe que era esa novela llamada “Un largo adiós”. Una parte de mí -aún interesada por detalles triviales-  imaginó que esas eran las únicas dos cosas que llevaba en la cartera. Un arma y un libro; suficiente sostén para que la muchacha se desplace sin mayores dificultades. Me disparó dos veces. En ambas ocasiones pestañeó. La vi tapándose la boca con una mano. Vi lágrimas cayéndole de los ojos. Los dos llorábamos aunque por razones diferentes. Dos razones disímiles que compartían el mismo vector direccional; al menos a mi me gustaba pensarlo así. La vi alejarse cojeando con su pierna mala. Recuerdo que me desvanecí mientras esperaba ayuda, imaginando un diálogo diferente para pasar el tiempo. “Me gusta el capítulo en que Marlowe intenta encontrar a un escritor desaparecido, un tal Roger Wade, aunque perfectamente podría ser otra cosa lo que está buscando” diría. Ella estaría o no de acuerdo, o simplemente voltearía la mirada hacia fuera de la ventanilla viendo correr el paisaje. No me es difícil imaginar ese tipo de cosas.
    Aún conservo el libro. Las últimas veinte páginas todavía están pegadas por la sangre. En la primera pude reconocer mi letra “A Sonia con cariño” y mi nombre “Eduardo”. La nota estaba fechada como diez meses antes de que la muchacha me dispare. Cerré el libro de inmediato; saber su nombre ¿para qué?, ni siquiera me es posible precisar su rostro. Lo mejor va a ser recordarla por características circunstanciales, como al tipo del cuello ortopédico o al pibe de la bolsa a rayas (pero esas son otras historias, aunque no menos desafortunadas). Recordarla apenas como a un mal día, o a un sueño placentero y defectuoso. Como a una muchacha que alguna vez se me dio por seguir hasta el final del viaje; o simplemente, como la chica de la pierna rota.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Milton





Milton



      Lo del Luna Park es meritorio. La vuelta del boxeo al gran salón, donde las luces son como astros espléndidos que estremecen los sentidos. Una suerte de preámbulo universal (Aunque debo confesar que conozco un escenario boxístico, en donde lo más parecido a los astros que puede verse, son precisamente las propias estrellas)  pero esta noche es la gran noche.
       La gente expectante por la pelea central; uno de esos combates por el campeonato nacional que suelen llamar la atención del “Gran Público”.  Ocasión en que las gradas se revisten de personalidades del espectáculo, la televisión, el deporte.
        Horacio Fabularo y el “Topo” Yañez estrechan sus manos con una sonrisa muy animada. Son unos amigos que llevan tiempo sin verse; dos dandis del boxeo. Críticos, periodistas, biógrafos, que se dieron cita en la segunda fila para ver una pelea que perfila ser interesante. No obstante lo primero que tendrán que soportar son los combates de relleno. Ambos coinciden en que son de un nivel deleznable.

-Disculpe la demora Fabularo. Gracias por la invitación; le digo que consiguió excelentes ubicaciones.
- Descuide Yañez- dijo Fabularo con una mueca elástica- hasta ahora le juro que no se perdió nada. Son algunas peleas previas a la disputa por el título. Ahora bien, mire a esos tipos que se están pegando ahí arriba. Dígame por favor ¿Qué le parece?
- A ver- dijo el Topo acomodándose los lentes culo de botella y la solapa de su saco café para luego mirar hacia al ringside- y qué quiere que le diga; sinceramente creo que les falta mucho para subir a un ring para hacer lo que están intentando hacer ahora mismo.  Yo diría que parecen amateurs, y como con cierta falta de gimnasio.
- Probablemente- consintió Fabularo tocando la malla de su reloj pulsera dorado- pero amateurs; no arriesguemos una palabra como esa con tanta negligencia. Digamos simplemente que no están motivados. El amateurismo poco tiene que ver con esa voluntad tan abúlica de las trompadas que estamos viendo. ¿La gente, qué grita? Créame Yañez que lo amateur es otra cosa; quedaría sorprendido.
El Topo miró detenidamente a su amigo entrecerrando los ojos.
-        
   -Cualquiera diría que está muy al tanto del tema Fabularo. ¿Acaso está escribiendo un nuevo libro?- Preguntó sin más rodeos el Topo conociendo a su viejo amigo    
    - En efecto Yañez. Saldrá para comienzos del año próximo. Eso si la madre tierra lo dispone. Todavía estoy trabajando en el final del último capítulo. Es sobre boxeo amateurs en el interior del país. Unos circuitos no del todo legales, que no obstante son arengados por los municipios. ¿Se da cuenta?, lo empecé en el departamento de Belén. 
           - Amiguita nueva, viejo zorro-  bromeó el Topo.
       - Nada de eso Yañez cómo cree. Soy un hombre casado hace veinte años. Por la Salina Grande al norte de Catamarca, hay un departamento llamado Belén; en el mismo se encuentra un pueblito que apenas resulta una porosidad en el mapa…  Mire esos dos… muñecos de trapo. Ahora hasta micrófonos en los guantes les ponen; para que por televisión los golpes se escuchen más espectaculares. Pero préstele atención a mi historia; no puedo contarle cómo termina el último capítulo de mi investigación. Después usted se compra el libro. Sólo voy a contarle como comienza el capítulo final que se llama “Milton”. El descenlace lo descubre solo.

     Ya llevaba como dos semanas en el pueblo. Había visto un par de noches de boxeo organizadas por el mismo subintendente de Cardales; un señor apellidado Olmos, en un pueblito al norte de la Salina Grande,  con boxeadores amateurs regionales. Había reunido bastante material, conociendo a la gente, frecuentando los gimnasios o la taberna. Ya sabe, empapándome del pueblo, de su extraña tradición boxística, de la que no hacía mucho tiempo me había logrado enterar gracias a un artículo de Mundo Box; que sin embargo pasó prácticamente desapercibido. Su título era sencillamente irresistible “El cementerio de los boxeadores” y trataba del alto índice de mortalidad sobre el ring en los circuitos de Salina Grande. Así que simplemente me tomé el micro y bajé en el pueblo. Dos semanas preguntando por aquí y por allá. Entonces supe de Milton. Al parecer no hubo circunstancias de mayor envergadura; se presume que  Milton llegó al pueblo en el carguero de la mañana. Estaba flaco y asustado; lucía una remera  donde evanescía la clásica imagen en blanco y negro de Chaplin llevando a un niño de la mano. El pelo pajizo y sucio; la nariz grande llena de pecas. ¿Sabe Yañez? Milton tenía los ojos tristes hasta cuando se reía.

    Parece que fue cercano a la hora de la cena. Hambriento el chico se acercó a una casilla de madera tras una gomería en la ruta principal que lleva al pueblo. Allí vivía un apacible y contradictorio matrimonio de viejos. La señora Brown guisaba unas legumbres y el esposo, ciego, escuchaba la televisión fumando su pipa.
        El viejo Brown era un hombre moreno de unos setenta años que había perdido la vista por completo. Parecía un desdentado  bluesman del Mississippi. Siempre llevaba una camiseta blanca agujerada y unos pantalones holgados  sujetados con un cordel. De malas maneras y problemático, el viejo era un ex pugilista que vivía inmerso en un sueño de gloria entreverado en el hipotálamo la última vez que fue noqueado en aquel circuito clandestino. Comenzó a pelear en Salina Grande cuando su carrera como profesional  acabó.  Con su esposa se fue a vivir a aquel pueblito al norte de Catamarca donde  recuperó el oficio heredado por su padre gomero. Se sabe que los Brown  nunca tuvieron hijos; que el viejo había quedado maltrecho de la visión en aquella última pelea, y que gradualmente la siguió perdiendo hasta quedar completamente ciego.
    Primero fue el alboroto en el gallinero, después comenzaron a ladrar los perros vecinos- La señora Brown tuvo  un mal presentimiento manifestado en una opresión en el pecho que la obligó a dejar la cuchara de madera sobre la tapa de la olla. Brown aguzó su audición ubicando la oreja lo mejor posible. Los cachetes inflados del humo de su pipa se descomprimían silenciosos soltándolo con lentitud.

 - Andá a ver Marta- mandó el viejo- Cualquier cosa soltálo al Duque.
 - Ya voy viejo- respondió la señora Brown con una abnegación crónica. Duque salió corriendo como flecha hasta el nogal dónde comenzó a ladrarle a la copa. Un muchacho estaba sujetado a una de las ramas, miraba fijo a la mujer sin dejar en ningún momento de masticar nueces con fruición.           
- ¿Qué hace ahí?- preguntó la señora Brown primero frunciendo el ceño y luego cambiando naturalmente a una cara más amable.  El chico sólo se limitaba a mirarla con fantasía devorando las nueces- parece que tiene hambre. ¿De dónde vino usted? venga, baje que estoy haciendo un guiso.- invitó la señora Brown instada por su rezagado instinto materno.
-           
     Al día siguiente Brown llevó al muchacho ante el padre Matías; un sacerdote  de unos cuarenta años, calvo y de contextura física mediana. Tenía un tic en los ojos que consistía en entrecerrar ambos de manera sostenida aproximadamente cada cinco segundos. Miró a Milton como si se tratase de algún perro mestizo del cual se intenta precisar las razas que lo preceden. Le hacía preguntas a las que el chico rara vez contestaba, y de hacerlo,  utilizaba monosílabos. La voz del padre era tranquilizadora y, de vez en vez, presionaba los brazos del chico con los dedos. Aconsejó al viejo Brown que lo mejor sería se lo lleve a su casa hasta que tengan alguna novedad.  El anciano de mirada gris asintió con la cabeza y lo llevó a su casilla de regreso.
     En los primeros tiempo Milton casi no habló; el viejo hablaba.  “Traiga el crique”, “Encienda el compresor”, “Cargue la bañera” y Milton iba hasta la bomba manual ubicada en el patio trasero, llenaba un par de baldes de agua para echar en la tina de prueba de pinchaduras. Las órdenes  eran precisas, persuasivas. Buscaba meterse en la cabeza del muchacho.  Y aunque en un principio el viejo Brown pensó que necesitaba ojos, no pasó mucho hasta darse cuenta que además había una razón para encender el compresor cada mañana. “Ponga la pava, así nos tomamos unos amargos”
     Los días posteriores el chico dijo que se llamaba Milton; no brindó mayores datos sobre su procedencia. Intuyeron que venía de Misiones porque tenía las zapatillas de lona blanca cubierta de tierra colorada. Tendría diecisiete años. No dijo mucho más. Trabajaba de sol a sol por techo y comida. No se quejaba de las maneras del viejo, de sus gruñidos y sus recados. Acataba imperturbable y en sus ratos de descanso se dejaba poseer por cierto aire de irrevocable nostalgia; para luego quedarse dormido; apoltronado sobre una pila de tapetes en el cuartito contiguo a la gomería. En ciertas noches como recordando algo inenarrable, podía oírse su incontenible lloriqueo, y abrazado a sus rodillas en la sórdida penumbra era arrullado por una tristeza insondable.
     Podía decirse que el viejo Brown lo estaba engañando, o lo que es igual, el chico se dejaba engañar. Pactaba con las ideas disparatadas del ex pugilista ciego que le escarbaba en las orejas  llenándolas de frases aleccionadoras sobre el boxeo. Para cada actividad cotidiana había un correlativo del box, una historia, una moraleja. Decía cosas como “Los cuatro puntos cardinales chango. Esos son los postes del ring side. Estamos en el mundo para pelear”.     
      Entonces un día comenzó a entrenarlo. Confeccionando una suerte de muñeco de goma grotesco, hecho con unas sucias tiras de neumáticos. Desde la primera hora de la mañana instaba al muchacho a liarse a golpes con el duro muñeco de caucho en un combate absurdo. O volcaba sobre el suelo las cubiertas de camión, sobre los cuales el chico debía pararse e ir balanceándose de un lado al otro durante horas. “Tiene que aprender a pararse en el ring chango, usted tiene pies muy grandes” decía el viejo.

       A nadie importaba si el viejo Brown tuviese setenta años y pareciera de un siglo. Que su cara estuviese arrugada como una huella digital; no tenían inconvenientes en darle una golpiza. Pegarle al viejo ciego era una actividad cada vez más frecuente. Lo encontraban desagradable, malhumorado y agresivo. La gente del pueblo solía pensar que Brown estaba ebrio. Una vez dentro del almacén, otra vez fue en la plaza; luego en la tienda de garrafas. Puteaba y lanzaba golpes en direcciones ridículas tratando vanamente de defenderse, de mínimamente ser digno. Sus modos eran exasperantes. Cuando se enojaba con la gente los llevaba al límite mediante insultos y desafíos de virilidad; no obstante los jóvenes del pueblo no tenían ningún empacho en darle un puñetazo. Un día pasó algo que lo cambiaría todo. Un altercado con el subintendente departamental  de Salina Grande, el señor Francisco Olmos.

      El señor Olmos llegó a la gomería en su viejo mercedes familiar negro; abordo sus tres hijas y su nueva esposa miraban el exterior con desinterés. Olmos tenía la mirada fría y feroz de un sacamuelas, el semblante anodino y gravoso. Cuando sonreía (en contadas ocasiones)  en sus pupilas parecía estar impostando el alma. De unos cuarenta años, viudo y dueño de algunos cultivos de vid y nogales el funcionario gozaba de cierta arrogancia producto del dinero, el poder y el  recuerdo de una vida desgraciada.
       El altercado vino por el mal arreglo de una rueda pinchada. Brown insultó a Olmos quien  no dudó en darle la primera cachetada. La segunda no se tardó en llegar, para la tercera el chico se interpuso. No habló. Sólo se paro delante de Olmos con la mirada neutra y este se arrojó sobre el muchacho con las manos abiertas como lo hacen las mujeres cuando están histéricas. Quizá fue casualidad (eso no es precisable); una mano de Milton impactó semi cerrada en la nariz del subintendente que cayó al piso. Desde el suelo con los ojos acuosos y el rostro avergonzado lo insultaba prometiendo que iba a pagarlo muy caro.
        La menor de los Olmos bajó del coche gritando “Papá” mirando con desconcierto y reproche a Milton. Tendría catorce años; sólo fue esa vez en que se miraron como se mirarían dos personas el primer día del mundo. Y su cabello ondulado como un arroyo prodigioso con hebras de oro, se precipitaba  hasta su cintura en un torrente de luz que le iba bajando por la espalda. Su cara estaba seria y grave como si fuera mayor.  Milton pensó que caía en un pozo muy hondo mediante un vértigo estimulante. La empalidecida estampa de la chica le iba despellejando el alma con un símil de dulzura. Un socorro titilante como un salvataje de estrellas. En esas circunstancias se miraron a los ojos, y aquello ocurrió solo una vez en toda la vida.
    
No pasó mucho para que el viejo Brown arregle la primera pelea.
       En invierno montaban unas carpas enormes en las Salina Grande; pero en verano el ring se armaba al aire libre. En ciertas noches podían verse los alacranes andar bajo los asientos, los búhos sobre algunos cactus y la luna iluminando el desierto salino era un espectáculo maravilloso. Los boxeadores fosforescían sobre el cuadrilátero de lona blanca donde la sangre iba dibujando figuras oscuras. El lugar se llenaba pronto de camioneros; de constructores viales; los trabajadores del ferrocarril. Se hacían choripanes y bebían cerveza apostando en algún que otro combate.
      De alguna forma el viejo Brown se las arregló para conseguirle su primera pelea. No importaba con quién; así fuese el padre Matías que era un aficionado de este deporte.
    Milton en cambio no estaba convencido de golpear a un padre eclesiástico. La calva del sacerdote era aún más brillante que una bola de billar. Se movía bien  a pesar de su edad. Buena cintura. De una lado hacia el otro se metía por los costados y conectaba a Milton con un jab. El chico daba vueltas en círculo con los brazos cubriéndose la nariz. Crac se escuchó. La sangre comenzaba a bajar por las fosas nasales del muchacho metiéndosele en la boca.      -¿Qué hace? Preguntaba Brown- “Nada” le respondía su mujer. 
   - Dele chango, pegue carajo- animaba el viejo desde su penumbra. Un cross de izquierda le dio directo en el oído y el chico quedó aturdido.         
- Está entre las cuerdas- dijo la señora Brown.- "Salga de ahí carajo" gritaba el viejo.
       Fue entonces cuando el cuerpo del religioso dibujó una ele; o al menos eso es lo que Milton creyó ver. Lo siguiente fue despertarse en un rincón con agua colonia en su nariz y un dolor que era como un ardor en toda la cara.
    
 - Qué se le va a hacer chango. Ese condenado padre era el mismo diablo. La próxima es suya va a ver- dijo Brown- ahora vamos a que lo curen.

      Lo primero que recordaría Milton, muchos años después, sería el olor de las sopas. Luego la mirada verde transparentando emociones. El pelo negro.   

 - Diplomada en astrología por la escuela de la noxe- dijo la Tarotista con impostado tono andaluz, sonriéndole al viejo Brown- por cincuenta pesos abuelo, le digo la fortuna. ¿Qué le ha pasao hombre, que le han dao un amasijo a este muxaxo? ¿Qué le pasó a éste pibe? Preguntó la mujer prendiendo un cigarrillo y adquiriendo un nuevo tono ligeramente aporteñado.  A ver, vamos a atenderlo. Espere acá abuelo que yo me encargo, dijo llevando a Milton dentro de su casa.


       La Tarotista llevaba un saquito oscuro  arremangado, dejando ver los brazos munidos de pulseras y cadenitas plateadas. Las manos flamantes y blancas, deberían oler como algún valle en la luna. Los dedos delicados poseían anillos con pequeñas piedras verdes.

        Debería haber un manual que explique como se curan todas las heridas. Deberían varios de sus capítulos ser escritos por esa mujer, que estaba fregando una esponja por la frente, por la oreja, por la nuca de Milton. La Tarotista bañaba  al chico en una bañera de latón.  El escote desproporcionado dejaba ver en gran parte unos pechos enormes y firmes moverse con una condición natural que Milton encontraba confusamente erótica y maternal.  Quedarse dormido para siempre en esas tetas superiores, en la herrumbre del tiempo perdido, en un jardín maravilloso, en el olor y la voz arrulladora de esa mujer  quizá veinte años mayor que él. Lo bañó, le curó las heridas y calmó en gran parte su hambre cuando el chico conoció el olor de sus sopas. La confrontación de la cebolla el hierro y la quina; hechas por esas manos nutricias portadoras de una esfera lunar. Y aunque Milton no pensaba en estas cosas de manera analítica, sino más bien como un acto reflejo desprovisto de reflexiones ,entrecerrando los ojos, mientras la esponja iba bajando por su sien dejando caer un torrente de agua y jabón por la mejilla. Era el pelo oscuro de la Tarotista, dada su condición arcana,; olía como debe oler un concepto como el de “nocturnidad”. 
 - Ahora te voy a preparar una rica sopa- decía la mujer mientras deslizaba la esponja por su vientre e iba bajando a su entrepierna, dónde se dedicó a refregarle la verga que comenzaba a extenderse de manera progresiva.


   - Los conceptos no huelen Fabularo- dijo el Topo.
-    - Yo no estoy tan seguro Yañez. Ahora usted se preguntará mi estimado Topo, ¿cuál es la relación entre el Brown y la Tarotista? Una vez esta mujer le tiró las cartas ¿entiende?, y no tuvo mejor idea que decirle que un día entrenaría a un campeón. No sé si para ilusionar al viejo, por lástima, o por maldad. La mujer le metió eso en la cabeza y desde ahí el viejo se obsesionó con la idea y a la Tarotista no le quedó otra que seguirle el juego.

La segunda pelea que arregló el viejo Brown fue con “Capibara González”. Una boxeadora mexicana que llevaba ya un tiempo en el circuito de Salina Grande.

          Capibara lo venía midiendo desde el comienzo. La llamaban así por cierto parecido físico con dicho animal. Probablemente comenzó a medirlo más o menos desde que Milton entró a la taberna con el viejo. Este venía magullando algunas razones sobre el pugilismo en los sesentas con el chico. Capibara estaba sentada a un extremo de la barra. Muchos recordarán los brazos tatuados de esa mujer; la forma en que encerraba el chop de cerveza con su contextura enorme, el cabello castaño de melena frondosa y enrulada. Su dulce voz de niñita.
      Dos tipos en musculosa se le acercaron. Parecían boxeadores. Uno musitó una palabra, un gruñido, mínimamente un sonido. El otro rió. Capibara bebía como desde lejos; sin embargo los miró. De abajo hacia arriba.
    Milton nunca supo si lo que había visto esa noche con una fugacidad tan implacable, había sido un codazo o un puñetazo recto. Apenas como una imagen corriendo, borrosa, casi imperceptible,  sacudirse como un látigo desde el hombro de Capibara  hacia la cara de uno de los tipos. Luego escuchar los dientes caer sobre la charola metálica de los maníes y el individuo de la musculosa desmoronarse. El viejo Brown preguntó que había sido ese ruido. Milton intentó explicarlo pero tampoco lo había entendido demasiado. “Capibara” dijo Brown.
      A Capibara González la manejaba un porteño. Un Judío apellidado Brinsky. Para convenir un encuentro con ella, Brown debía apelar a toda la influencia que podía generar su propia leyenda -en gran medida apócrifa- de “El negro Brown” 67-9-12. Nada mal para un gomero que se ganaba la vida a los golpes.
      Brown y Brinsky ocuparon entonces una de las mesas del rincón. Milton había quedado tímidamente ubicado a un lado de la barra. Capibara se le acercó.

-Y tú debes ser el Misionero- dijo la boxeadora. Milton la miró. Parecía que no respondería y de hecho no lo hizo - ¿Qué quieres beber?-preguntó Capibara con una sonrisa socarrona. El chico miró hacia el piso, luego volvió a mirar a la mujer que le estaba hablando.  Finalmente respondió.
- Es que no tengo plata- dijo.
-Pues va por mi cuenta chamaco. Pelón, una chelita para mi amigo- mandó dirigiéndose al tabernero- ¿Cómo te llamas Misionero?- preguntó al chico.
- Milton- dijo este mirando al viejo y al judío en el rincón.
- Y dime Milton, ¿así que entrenas con el viejo cascarrabias de Brown? He oído que anda tras una pelea conmigo, ¿no estás muy joven para entrar en la Salina? Tienes una sola pelea y yo veintiséis, ¿te das cuenta de eso chavito? Vamos bebe tu cerveza.
Milton bebió unos sorbos pequeños.

-Tienes brazos largos- dijo Capibara- pero tu nariz es demasiado grande, y ya como que  te la achicopalaron. Mira mi nariz- dijo y le mostró el perfil de su cara. La nariz de la mujer  era pequeña. Parecía de goma. Cuando Capibara le hundía el dedo, esta se le metía hasta el cráneo y cuando la liberaba volvía a su forma habitual- Debes pesar unos sesenta kilos, eso son diez quilos menos que yo, quizás once. Ni modo,  caerías en el segundo. La neta espero que aquellos dos no lleguen a nada- dijo la boxeadora haciendo un movimiento con su cabeza hacia donde estaba Brinsky y el viejo Brown. Milton permanecía en silencio.
-¿Sábes? yo vengo de muy lejos. Lo habrás sospechado por mi acento. Vengo del norte de México, cerca de Sonora. Antes viví en el DF con mi madre hasta que se  murió de algo que le salió en la cabeza. Luego a mi hermana y a mí nos mandaron a vivir con nuestro padre a Sonora. Era un patán. Ya sabes, tuve que noquearlo cuando tenía más o menos tu edad. Entonces ¿eres misionero verdad?
-       - No- dijo Milton
-      -Pues no importa, ya todos te llaman así. A mi me dicen Capibara y a ti el Misionero. Quieres boxear, yo boxeo. No tengo ningún problema con el box; quiero decir, casi nunca lo he tenido. Incluso cuando no he podido pelear de puro borracha, pero entre eso y lo que pasa luego hay un abismo. Sólo hay dos opciones: la sumisión o el enfrentamiento. ¿En qué piensas al levantarte? Vamos dímelo o te romperé la cara ahora mismo.- dijo capibara en tono serio con su vocecita- es broma, perdona. La patanería es mía y el alcohol la potencializa.
-          En ir al baño- dijo el chico.
-          -Riñones de la chingada. Pues yo pienso en morirme- dijo     Capibara buscando algo en sus bolsillos- diablos, no encuentro los pinches cigarrillos.  Pienso en morir, en cómo será, en si dolerá, si será pronto, si será hoy... si no será nunca. Fumo desde los ocho años y ni sé desde cuándo me emborracho. Para entonces ya papá nos golpeaba, a mi hermana y a mí digo. A los trece años comencé con el boxeo, lo hacía a escondidas. Cuando cumplí dieciocho llegué del gimnasio y encontré a mi hermana llorando en un rincón de la casa. Tenía los ojos morados, que chafa. Entonces fui hasta la sala dónde papá miraba televisión y se bebía unas chelas. Yo creo que me vio algo en la cara porque se levantó asustado. Caí sobre él con una combinación de golpes que había aprendido esa misma semana y lo puse como santocristo; pero a decir verdad no recuerdo gran cosa. Luego me pasé un tiempo en cada lugar hasta que me enamoré de un argentino que conocí en Monterrey y me vine para Sudamérica. Ya decía yo que el amor tiene algo de letrina, uno deja algo ahí que da gusto.
    
     Capibara reía y bebía. Milton escuchaba a la enorme boxeadora con voz de niña, mientras observaba el momento exacto en que el viejo y el porteño estrechaban sus manos. Sin lugar a dudas ya estaba arreglado aquel encuentro. Pelear con una mujer era algo insospechado para Milton. Sin embargo dadas las circunstancias no podía permitirse consideración alguna. Al menos no más allá de la salvedad de que esa mujer velluda y tatuada, diez quilos más que él, podía darle una verdadera paliza.
  - Parece que está  hecho chavito; pues la neta, te deseo  suerte- dijo Capibara bebiendo el resto de cerveza que quedaba en su chop de un trago.
     De aquella pelea, recuerdo más que nada la noche en sí. Su fauna y flora, como el mineral de esa velada fosforecía. Tomé el ómnibus a Salina Grande por la tarde. Llegué justo para encontrar una buena ubicación donde ver la pelea. Yañez; usted no se imagina que escenario aquel.
     
      Cuando Milton llegó a las salinas, Capibara González ya estaba el ring, apoyada sobre las cuerdas con los brazos abiertos en cruz. Su melena enrulada estaba recogida sobre la nunca. No corría una sola ráfaga de viento. La boxeadora miraba hacia las estrellas.

-¿Ya llegamos chango?- preguntaba el viejo caminando tras de Milton apoyándole una mano en el hombro. El chico afirmaba y se acercaron ambos hacia el ring. "Qué mierda, ¿guantines?. La puta que los parió" gruñó el viejo tocando el equipo que le alcanzaron a Milton en una bolsa arpillera. Es lo que pudimos conseguir, le decían los promotores a Brown; el bucal es del paraguayo “Celso Cañas” continuaron refiriéndose a un púgil retirado de las salinas por la propia Capibara en una pelea anterior. "Ya no lo va a  necesitar" concluyeron.
     Milton sintió un gusto asqueroso cuando el viejo le metió el inmundo armatoste de goma en la boca.
-        
       -No se preocupe chango- le decía el viejo al muchacho- ese tal Celso Cañas era muy cabaretero y no se entrenaba bien; por eso Capibara lo mandó a la lona- acotación que no sólo no calmaba las preocupaciones de Milton, sino que por añadidura le producía un asco aún mayor tener que llevar el bucal del paraguayo Cañas. Milton avanzaba hacia el ring mirando al piso, trataba de no pisar los alacranes que empecinadamente caminaban entre el público. Cuando se acercó lo suficiente al cuadrilátero, levantó la cabeza y miró a Capibara entristecido, como con cierta vergüenza. La boxeadora lo observaba fijo sin demostrar expresiones.

      El viejo Brown llamó a su esposa -Quédate acá vieja y cantame lo que esté pasando- le volvió a decir.
“Damas y caballeros; estimado público de Salina Grande- vociferaba un presentador- tenemos esta noche una batalla de medianos. En la esquina norte, de pantalón gris y con un peso de sesenta kilos dieciocho gramos el "Misionero” Milton. En el extremo sur, vistiendo pantalón blanco con vivos dorados; con un peso de setenta kilos doscientos gramos, quien no necesita mayor presentación Lupita “Capibara” González.”
      La gente aplaudió, gritó, silbó “vete al infierno cabrón” le dijo la boxeadora a alguien del público mostrando su dedo mayor.
    El arbitró los llamó al centro del ring para darle las indicaciones de rigor. Ambos se saludaron con un movimiento cervical. La mirada de Capibara no era afable como en la taberna. Todo lo contrario; era una mirada fría, de concentración y por decirlo de alguna manera, desprecio.
        Chocaron sus guantes y comenzaron a caminar en círculos, midiéndose. Milton caminaba sin gracia como si fuese un pato, un pingüino o algún animal de pasos torpes.  Su figura enclenque se proyectaba como una película ultradelgada. No hay escapatoria, pensé esa noche mientras miraba la pelea. Yañez créame, a veces somos un vulgar eructo de Dios. 
   
 - No se acerque mucho, chango- le decía el viejo desde el rincón.

     El primer golpe que le soltó Capibara al chico, era parecido al que había visto o creyó ver en la taberna cuando le sacó los dientes a aquel tipo de la musculosa. El chicotazo lo encegueció.  Se le habían inundado los ojos de lágrimas. Demasiado rápido,  uno hacia delante, dos hacia atrás. Capibara se movía con gran agilidad, buen juego de piernas. Milton era más bien torpe y caminaba como si todavía estuviese parado sobre una cubierta. Era conectado por los golpes cortos de Capibara muy fácilmente. Tan sólo atinaba a golpear los guantes de la boxeadora antes que se le incrustaran en el rostro. A los pocos segundos cayó sin gracia. El muchacho parecía estar llorando de rodillas, sin embargo se levantó a la cuenta de seis. Brown escuchaba las descripciones de su mujer y gritaba alguna cosa no siempre escuchada por Milton; que dicho sea de paso estaba ocupado en tratar de no  caer tanto, ni enredarse entre las cuerdas.
       La boxeadora  comenzaba a sentir pena por el Misionero y cierto pudor por sus propios actos. Golpear así a ese chico que parecía un papelito blanco carreteando en las salinas.
-        
-       -No te levantes manito, no me la hagas difícil- le decía Capibara, pero Milton volvía a ponerse de pie pensando en alguna de las cosas que le decía el viejo.
-       -Levántese chango, carajo usted puede, pegue, vaya al frente.- entonces Milton llevado acaso por alguna especie de lealtad incondicional se disponía a dejarse castigar hasta la muerte si era necesario; hasta quedarse dormido de no dar más o ser noqueado o morir pero "Levántese chango" gritaba el viejo. Entonces Capibara cerró los ojos; tiró su cuerpo hacia la izquierda e imaginando la silueta estupefacta del chico, mandó su más efectivo uppercut donde creyó que estaría la mandíbula. No le erró. Lo supo más por el grito del público que por el temblor que le quedaba en el brazo después de chocarle la pera con el puño. No quería verlo.  No abrió los ojos hasta voltear la mirada a su esquina donde el Porteño sonreía satisfecho.

        Mayor el tratamiento de dulzura cuanto más descomunal era el castigo. En cierta forma Milton encontraba consuelo en las sanaciones de la Tarotista. En el vino dulce de su boca. Pero esta vez era diferente. Milton lo sabía pero era incapaz de entenderlo. El viejo doblemente ciego alentaba al muchacho. Creía con cierta estulticia en las condiciones imaginadas en el chico. La Tarotista se lo había leído en las cartas; no podría haber ningún error, él entrenaría al campeón. El viejo necesitaba volver a la vida. Su abnegada esposa pugnaba contra sus locuras, pero siempre terminaba cediendo ante ellas. A la señora Brown Le hubiese gustado que Milton fuera como esos animalitos que el viejo enjaulaba en el fondo; sólo para abrirle la puerta y dejarlo ir.
       
           Cuando se enteró que Milton estaba en el circuito, el señor Olmos buscó un boxeador por todas partes. Fue así que dio con la Furia Galván; un profesional venido a menos por un problema en el hombro. Ochenta y pico de quilos.
-          Quiero que lo hagas mierda. Borrá del mapa esa jeta repulsiva- mandaba Olmos a Galván.

      Si el cura o la boxeadora habían mandado a Milton a los cuidados intensivos de la Tarotista; lo que le haría un profesional como Galván podía ser muy peligroso. En otras palabras;  podía costarle la vida e incrementar el índice de mortalidad sobre un cuadrilátero de Salina Grande.

-        -¿Lo que usted me está diciendo, estimado Fabularo,  es que el viejo Brown mandó a pelear al chico con un profesional, ni más ni menos como Galván?
-      -Yo no diría “Mandar” no estoy seguro que sea la palabra. Entre paréntesis, me alegra mucho que haya aceptado acompañarme en esta velada. Cuando terminen estos “Carlitos” de plaza Italia con sus zapateos americanos, comienza la pelea por el título. Así que no se me distraiga en pequeñeces y escuche lo que le estoy contando sobre aquel muchacho ingenuo:
     Mandar no era la palabra, llamémosle inspirar. El viejo inspiró al Misionero para que subiera al ring. 

   Para entonces la menor de los Olmos no importaba; aunque estuviese ahí mismo a la diestra de su padre en primera fila. Milton comprendía que eso era una vida remota que quedaba fuera del ringside, como tampoco importaba la Tarotista. Esto era más bien como nacer de nuevo. El barullo de la gente, los reflectores  y la luna confundiéndose en la noche. Algún alacrán siendo echado de la lona por un asistente.
        Galván sólo tendría que cumplir con lo pactado con el señor Olmos y recibiría el dinero. No era necesario lastimar demasiado al chico. Liquidarlo en dos o tres asaltos para que no lo silbaran por concluir la pelea demasiado rápido. Comprenderá que en las primeras sillas estaban todos. El señor Olmos entre ellos, hablando con alguien que sonreía. El único anhelo sobre la tierra para él aquella noche era que La Furia mande a Milton al hospital. La guardia de ese chico siempre fue una maldición. Con cada pelea su nariz quedaba más torcida. La luna los desvestía de sombras con su linterna amable; un búho desde un espinillo lo presenciaba todo
     “Damas y caballeros” iba diciendo el árbitro. La gente fue a ver un encuentro de box pero aspiraba por lo menos a tres cosas: una golpiza unilateral, la comicidad absurda del viejo Brown y el paisaje alucinante de las salinas por la noche.

-          -Levante los brazos chango- gritaba el viejo. Milton se movía en círculos como siempre, como si estuviese sobre los neumáticos; una gracia espeluznante; algunos reían otros sentían pena por el muchacho. Furia Galván pensaba en las palabras de Olmos: "Mitad ahora y mitad cuando borres esa jeta estúpida del ring". Necesitaba los veinte mil pesos para operarse el hombro cuya lesión había interrumpido su ascendente carrera profesional”
     -Entonces Milton lanzó un golpe. Una zurda silbona que Galván adivinó mucho antes de ser formulada. Después mandó de derecha con la desesperación y torpeza con que entrenó con el muñeco de goma, solamente que La Furia sí se movía y era un poco más duro. Galván retrocedía obedeciendo vaya a saber por qué efecto de ternura o simpatía por el Misionero, que de pronto estaba ahí frente a él, sabiendo eso que por un momento parecía no importarle, que era imposible hacerle el menor daño a Galván. Sin embargo pegando, con la respiración detenida y los ojos llorando, y eso quizá lo diferenciaba del resto de los boxeadores del mundo. No su incapacidad de boxear, ni su técnica nula; sino sus lágrimas; no eran lágrimas de dolor físico. Era como una tristeza de fuego. Por eso pegaba haciendo retroceder a la Furia Galván, quien por un momento dudó. Una duda hibrida, de sorpresa y misericordia. Pero eso no podía durar mucho más. Olmos le gritó a Galván alguna cosa; su hija menor también gritó con una cara que podría describirse como de felicidad, que de una vez le de una trompada a ese ayudante de gomero. Pero no estoy seguro si llegó a terminar la frase porque en ese momento algo muy parecido a la inocencia creyó rompérsele por dentro para siempre. La chica Perdió su sonrisa en un segundo.
     Milton ya estaba tumbado en el piso. Pocas cosas suceden tan rápido. Atinó a levantar la cabeza pero pronto (vencida) la dejó caer sobre la lona. En la nebulosa apenas distinguía luces de sombras. No sentía la cara caliente como en las peleas anteriores; no sentía nada. No supo que el árbitro ya había contado hasta diez. Oyó los gritos de la gente como en un temblor unísono; pensó que el viejo Brown estaría en el rincón estupefacto y se desvaneció.
    
     El chico despertó en una camilla de la salita de emergencias médicas del pueblo de Cardales. Tenía la cara vendada, se movía apenas entre gemidos. El enfermero inyectaba algo en el suero. Milton no veía al  viejo Brown por ninguna parte; ni a la Tarotista. Había un carrito con medicinas al costado. No vio más que eso y volvió a dormirse. Cuando  despertó una mujer sentada junto a su cama, lloraba en su regazo.

-          -Milton, Hijito. Despertaste- dijo la mujer acariciando la frente vendada- ¿Por qué te escapaste hijo?- preguntaba con angustia tomando su mano.  Escuálida y quebrada le caían los mechones castaños sobre el maltratado cuerpo del chico que ya no podía reconocerla.

-     -Así comienza el último capítulo de mi investigación estimado Yañez. El final va a tener que descubrirlo usted mismo cuando se termine. Ahora bien; va a comenzar el espectáculo por el que nos hemos dado cita aquí esta noche. Y límpiese los anteojos mi amigo, porque la pelea que vamos a presenciar esta noche no tiene precio.
El topo Yañez sonreía con cierta incredulidad.

-Usted es grande Fabularo. Como historia es impresionante. ¿Usted me dice que el campeón argentino la " Furia" Galván boxeó en un circuito ilegal con el boxeador menos calificado del mundo para enfrentarlo hasta hospitalizarlo, y todo para poder operarse del hombro y competir a nivel profesional? ¿Que en otras palabras esta noche defiende su título gracias al dinero de un subintendente corrupto que lo contrató para vengarse de un pobre chico que apenas pronunciaba palabra? Qué grande es usted Fabularo para contar historias, y hace honor a su apellido. Pero es bastante inverosímil si me disculpa la crítica; pero somos amigos. Ahora bien, mire, se lo ve tranquilo al campeón. La Furia parece muy optimista. Se le nota en la forma de calentar los brazos y las piernas. Al retador en cambio practicamente no lo conozco. Un tal Heredia, viene del interior ¿La Rioja? ¿o era de San Juan? La cara no dice nada; pero tiene los brazos largos como Monzón. De todas formas, buena pelea hubiese sido con el zurdito Molinari ¿no le parece Fabularo? Ese tiene buen ritmo a pesar de la mano débil. Pero que todo sea por retener el título lo más que se pueda como se acostumbra.  Usted coincidirá que hay que privilegiar el espectáculo.    A este Heredia no lo saco.

-       -¿No sé da cuenta Yañez? Una los cabos, hágame el favor, mire  bien. El campeón ya perdió, sólo que todavía no lo sabe. Se ve muy confiado porque no es la primera vez que pelea con Heredia. Aunque coincido en algo con usted Yañez; Debió pelear con el zurdo Molinari, pero le escapó al bulto. Es el que lo maneja que se ve que lo cuida, o no tanto como debería en realidad. Con el zurdo o con el "Tanquecito" López. Debió pelear con cualquier otro esta noche; porque el inexpresivo tipo que tiene en frente es Heredia. Milton Heredia. Así es, como lo oye; el Milton de Salina Grande.  Cuando lo vi en las salinas aquella vez, hace ya cinco años boxeaba como un pobre diablo; no obstante pude notarlo cuando cuidaba de no aplastar a los alacranes y no le importaba ser lastimado. Cuando corría con las ruedas atadas a la cintura. Luchó mucho para llegar acá. Algo le conté de todo eso. Salvo cuando salió del hospital. Por qué razón escapó de la casa. Podría decirle que  se lo llevaron de vuelta a su provincia, San juan (porque el Misionero había resultado Sanjuanino) y simplemente ya no pudo dejar el boxeo. Como si nunca hubiese podido sacarse la voz del viejo Brown de su cabeza. Pensar que el viejo debe estar escuchando la pelea por la televisión. Digo si aún está vivo. Pasaron como cinco años ya. Pero por lo demás, es perfectamente cierto estimado Yañez; Con cualquier otro debió haber peleado el campeón esta noche.  Aunque todas las apuestas estén cuatro a uno a su favor. Ésta noche se cierra el último capítulo de mi libro, y ya no hay alacranes que andar esquivando. Porque los puntos cardinales son los postes del ring side y viceversa; porque algunas personas son predestinadas; porque lo dijeron las cartas.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Jazz de los espejos





 
Jazz de los espejos

“Esto ya lo he tocado mañana”
(El perseguidor)


Las flores y los espejos. Tan lindas son las flores... pero los espejos son horribles, ¿cómo pueden existir en el mismo mundo sin estorbarse? Es-pe-jo, objeto tan definido por todos; pero yo no veo al espejo, me veo a mi misma. Nunca al espejo en sí; sólo a mis ojos llenos de lágrimas. Por eso los rompo, los hago pedazos. En cambio las flores me escuchan cuando les hablo; acá no hay muchas aunque a veces el 108 me consigue alguna y la llevo conmigo todo el tiempo. Incluso cuando voy al patio a escuchar al músico que les gusta a mis flores. Tengo que tener cuidado porque siempre hay alguno que me la roba y la pisotea hasta que mi flor se muere, (porque en el mundo hay gente dañina), ¿pueden creerlo?, gente maligna en el mundo. Nunca me lo habían dicho, ni las flores, ni los espejos que hasta me dicen que estoy loca. Por eso los odio...
por eso cuando escribí los veinte coros de “soul burning”, los muchachos dijeron “oh Richie, te has pasado hombre”, entonces los miré y dije “escuchen: si no les pasa nada váyanse a otra parte” y pensaba en que Charlie Parker decía que a veces lograba que cada oyente sintiera lo mismo que él. Porque el jazz es un arte sin cadáveres viviseccionados; es la música para la inmortalidad de los sentimientos.
En aquellos tiempos yo era: “El extraordinario Richie Cold”; cuando se iluminaba el escenario y se oscurecía la platea todo era jazz, equilibrio, juego de reconocimiento y asombro, música para la anatomía de lo invisible y yo tocaba “Una borrachera perfecta”. La base era esencialmente el bebop de los cincuenta -¡válgame el cielo qué noches aquellas!- acá a veces me dejan tocar mi saxofón. Eso si estoy tranquilo, y salgo al patio donde es otra vez improvisación. Se me acerca el 108 que es sordomudo y la mujer de las flores,
el 217 está empecinado en recobrar su saxofón. Se lo tuvimos que quitar porque alteraba a todo el pabellón con sus sonidos irritantes. Es una pena, es tan cordial cuando habla de sus años de músico; pero es como la 122 que parece tan tranquila y después zás, rompiendo todos los espejos del baño de enfermeros. El 217 tiene un “no sé qué”, como la vez que le dimos la primer descarga y en sus ojos todo fue intemporal. Luego tarareaba algún tipo de música y vuelta “enfermero quiero mi saxofón” así hasta que le di los calmantes y se durmió. Me pregunto dónde irán las flores en invierno. Seguro que se van del otro lado del planeta donde el clima es otro. Sería lindo ir de un lado al otro del planeta persiguiendo las flores; una vez soñé que entraba en un jardín por una ventana que estaba suspendida en el aire y había tantas flores como estrellas en el firmamento, y había un hombre desnudo que se ocultaba tras ellas. Me sentía feliz, como el otro día que escuché al músico en el patio soplando sus melodías. Sentí que de sus cachetes se liberaban violetas y lilas, amapolas y crisantemos que nos cubrían a todos, como pompas de jabón y pensaba “si mi saxofón me llevara al corazón de los hombres” o pensaba en New Orleans Jazz, el comienzo de todo. Louis Armstrong, la Eureka jazz Band que petrifica el alma con sus trompetas, trombón, clarinete al frente. Pero el que más amo es el bebop: estructuras inestables, modulaciones mínimas. Charlie Parker, Dizzy Gillespie, el sax de Lester Young en que sus temas se extienden, estiran o comprimen con el sentido propio del beat o swing de su corazón. Como mi noche en el T-Bone donde toqué como los mil demonios. Sin ética ni estética, solo jazz. El primer tema fue uno que compuse estando muy ebrio; se llamaba “Tenía que hacer algo, pero no recuerdo qué” Abordé aquel primer tema -la platea expectante- suelto un chorro de notas descendentes y se demora en riff gaseoso. En el segundo coro el saxo toma grosor, como ballena furiosa. En el tercero la expresión se vuelve pesada y contradictoria, los muchachos no dejaban de mirarme como lo hacen siempre que están atónitos. En el cuarto coro crece la velocidad y la elocuencia hasta que sobreviene una pausa, éramos tres pero al 217 parecía no importarle; se sacudía y gritaba no sé qué del jazz y del tiempo. Llegó a tirarnos al suelo hasta que vinieron otros tres enfermeros con Collins que ya lo traía entre ojos. Pobre, fue una lástima ver cómo lo golpeaban y después entre balbuceos lo llevaron a la sala B para los shocks; y la 122 lo miraba con esa forma de mirar que tienen los locos, sin entender nunca nada. Luego el 217 dejó de preguntar por un tiempo por su saxofón, Collins se ponía a jugar con él, haciendo ruidos horribles para que los otros enfermeros riesen y luego abandonarlo entre los demás cacharros de la sala B y ya no sé que pensar, su nombre es Richard. Me lo dijo el otro día cuando le regalé uno de mis lirios y ahora no sé qué pensar de los espejos. Él me hizo verlos distinto. Cuando le conté lo que me pasa con los espejos él me habló del jazz y estábamos diciendo lo mismo. Así que me dijo que llevara mis flores y lo acompañase, y fuimos... se robó los dos espejos del vestuario de preceptores y los puso enfrentados. Me dijo que me pusiera en medio y mientras yo temblaba comenzó a hacer su música, que era como el llamado que deben hacer las ballenas cuando están solas. Entonces ya no me veía a mi misma en los espejos, sino que podía ver como mis flores se multiplicaban hasta el infinito. El 217 ya no salió al patio a tocar su música; más de un interno lo hecha de menos y me preguntan por él. Se me viene a la mente cuando lo encontramos con los espejos robados, haciendo esa música que tanto le gusta y por tercera vez lo llevaron a la sala B. Hasta que finalmente parecería que sé olvidó de su saxofón. Aunque la 122 le habla y le lleva flores, es como si viviera en otro espacio-tiempo. Le doy las pastillas rojas para que se mantenga sedado y no se queje tanto por su cabeza. Le llevo su saxofón o a veces se lo lleva Collins y le toca alguna mala nota en la cara. Pero al 217, al extraordinario Richie Cold parece no importarle, porque ninguna pieza dura siempre lo mismo; improvisar es componer espontáneamente -como lo hice con los espejos-. La improvisación se apoya en una variedad de elementos temporales; ésta incluye el tiempo de la memoria y se hace cargo del inconsciente que es intemporal. Recuerdos de mis noches en el T-Bone, ¡qué emocionados estaban los muchachos con mis tiempos!. Como decía Ellington: “Quisiera que mis temas terminaran como si fueran a seguir”.